Me encuentro en la típica situación premenstrual que los hombres nunca comprenderán. Y estoy, cómo decirlo, medio mi-vida-es-un-asco, medio me-importa-todo-un-carajo, medio me-enfado-conmigo-misma, medio déjate-de-chorradas. Es una especie de limbo que únicamente las mujeres podemos experimentar. Bueno, y los gays, pero no de un modo auténtico, sino sólo por solidaridad con el sexo femenino.
Esta mañana he estado divagando -como siempre, en realidad- sobre la vejez, la pobreza, la ignorancia de una sociedad que maneja cada vez más información y la gente que se entrega a un mundo espiritual extremo despreciando la corta vida tangible. Temas varios que han ido concatenándose en mi cabeza mediante un imperceptible hilo de araña. Y todo a la fugaz velocidad del pensamiento.
Sobre la vejez he pensado en la crueldad de percibir cómo el tiempo arrastra nuestras habilidades, nuestras capacidades, nuestros sueños muertos, nuestras sensaciones tan vívidas... Cómo es el tiempo el que acartona todas nuestras libertades y cómo, en un gesto de mofa, nos mantiene intactas la cordura y la consciencia para hacernos testigos de nuestras pérdidas. Hablo como si fuera una octogenaria, pero en realidad me refiero a todos aquellos ancianos que, conservando perfectamente su luz, perciben que van apagándose. Y lo más horrible de todo: lo hacen en soledad. Todos nacieron con la frescura de la sangre que inicia su viaje a través de unas venas nuevas, todos conocieron la traviesa infancia, todos dispusieron de la vigorosidad de la juventud, del equilibrio de la adultez. Conforme el camino llega a su fin, todos pueden ver que está más oscuro y que hace cada vez más frío.
Me parece terrible marchitarse entre paredes que huelen a piel muerta, esperando vanamente que en tus hermosos campos, tus hijos, labrados con tu sudor, quede aún fruto para ti, que te rescaten de tu propia vejez. Me parece cruel que la naturaleza programe en el cerebro de los hijos, a cierta edad, priorizar al perro sobre los ancianos padres: es más fácil hacer de nuestra casa el confortable cobijo de nuestro animal de compañía que el hogar de nuestros abuelos, que se enfrentan a su tramo final en el asilo-trastero.
"Ley de vida", lo llamamos. Pero otras sociedades rinden culto a la edad y a la experiencia y existe un arraigado respeto por los ancianos de la familia, siempre presentes y siempre partícipes, hasta el último día, de la existencia de todos. No sé qué nos ocurre a nosotros, por qué ese afán nuestro de desterrar todo lo viejo como si el tiempo no transcurriera por nuestra carne. Sin percatarnos todavía, ya no tenemos la agilidad de nuestra niñez, hemos perdido la memoria de la adolescencia y, más despacio, la capacidad de amar a los que nos hicieron existir y, bien o mal, nos construyeron. La edad arrastra tras de sí la sensibilidad con la que antes envolvíamos tiernamente las cosas.



Hola, Ana, hemos enviado a los ancianos a los asilos porque en todas los aspectos de la vida se busca la rentabilidad. El negocio es el negocio. Los ancianos dan trabajo a las enfermeras y posibilitan los centros de acogida, con su médicos y sus jardineros. Los consejos de nuestros abuelos ya no los escuchamos: de lo que se trata es de gastar y de ser unos inconscientes.
Feliz fin de semana
Es cierto que los hombre no comprendemos vuestros síndromes...
Yo, la verdad, nunca he pensado en la vejez, aunque ahora empiezo a hacerlo. Me extraña que lo hagas tú, que eres tan joven...
Besos
Envejecer no es malo, es un premio.
Supongo que sí, hay negocio, Jo, como en todo, pero me preocupa que con la edad perdamos alma.
Ya ves, Charlitox, será que estoy perdiendo juventud (espero que alma no).
Besinhos!!
llegué acá hace un minuto detrás de las lagrimas de los peces que se ahogan en las avenidas de la muerte
igual creo que tenemos que envejecer con la frente en alto, sabiéndonos no más que nadie pero tampoco menos
dejar que la vida se vaya sin despedirse es tener la oportunidad de ser quien apague la luz, pero irse de la vida sin despedirse es como haber dormido sin acordarse de lo que se soñó
desde medellin con unos dias que no para de llover te deseo un sol con nubes a ratos para mañana
Justo entre de casualidad y me tope con un tema que tambien estuve pensando bastante. No se trata de mi edad, sino, que a veces, la muerte de algun ser querido hace que uno reflexione sobre la vida de aquella persona y tambien sobre la propia.
La cuestion, es que me gustaria darme el tiempo para comentar este post y justamente ahora voy de salida. Asique quiza mañana pase a dejar mi comentario
Besito Anii!
Hola de nuevo (?)
Bueno, resulta que hace algunos meses fallecio mi bisabuela, a la cual adoraba, pero tambien debo admitir, tenia bastante olvidada. Con los asuntos personales, nunca me hice un tiempo para visitarla, excepto cuando se hacia evidente que se estaba acercando su final.
Y, estuve pensando bastante en como fue que paso de ser una señora saludable a una anciana en sus ultimos dias de vida... Quiza el tiempo pasa demasiado rapido para algunos y no tanto para otros. Y definitivamente hubo una parte del camino que no recorri con ella. De un dia para el otro me encontre con una anciana que no recordaba mi nombre y repetia las mismas historias una y otra vez, sin mencionar que esta vez tambien estaba en silla de ruedas y usaba pañales para adultos.
Se que a todos nos toca vivir la vejez, y la acepto en mi vida, se que tambien a mi me va a tocar pasar por ella y quiza encontrar el final de mis dias en ella. Pero no le tengo miedo a la vejez y mucho menos a muerte... A lo que temo (Y quiza sea mi mayor miedo) es a morir en soledad, a ser testigo de la muerte de mis seres mas queridos y luego morir sola en una habitacion de hospital sin que nadie sostenga mi mano y derrame lagrimas por mi.
Gracias por compartir tu experiencia, Florealphacia. Sí, es precisamente eso, la muerte en soledad, lo que más tememos, en general. Con el post me refiero al hecho de ser consciente de la propia decadencia mientras los demás continuan viviendo como si la cosa no fuera con ellos. Para mí pesa más la soledad emocional que el quedarnos solos físicamente. Simplemente, que nuestra vida parezca no importarle ya a los seres que nosotros siempre hemos querido y queremos. Que nuestra muerte se convierta en una simple espera para ellos mientras la herencia, por ejemplo, nos desplaza de sus intereses. Es lo que sucede, con cierta frecuencia, en nuestra sociedad. El anciano se transforma en un trasto inútil que hay que apartar hasta que desaparezca definitivamente.
La muerte de nuestros ancianos nos recuerda que ese también será nuestro final. Y, en realidad, la vejez no es nada malo: la vejez es, como dice Daniel, un premio, el premio a toda una vida vivida. Ser viejo significa que hemos estado ahí mucho tiempo, que hemos vivido miles de experiencias, que nos hemos hecho un hueco en este mundo y que, a pesar de los obstáculos, hemos llegado hasta el final.
Besinhos from Anita B.